miércoles, 17 de noviembre de 2010

Reflexión

El maestro García es el culpable
Damián Ramírez
El maestro García es responsable de que entienda yo el existir, de que haya adoptado unas filosofías extrañas, pero alentadoras, de que muchas veces me haya dado por redactar con libertad gramatical violentando los regimenes de los grandes maestros de la recta escritura. 
Es el gran escritor responsable de que haya yo disfrutado de la primera obra literaria que en mis manos cayera y un producto de calidad incuestionable y que podía aguantar cualquier análisis. 
Nabo, el negro que hizo esperar a los ángeles, un desafío al intelecto y baño de aguas frescas en un verano cualquiera. El maestro creador queme mantiene rasguñando las profundidades de su productiva, insolente y atrevida producción literaria. 
Así fueron cayendo otras obras, delirantes, ensímismantes y dignas de que se les dedicaran las horas necesarias de lectura para absorberlas, casi respirarlas como aquel oxigeno vital para existir y hacerlo para disfrutar de productores de literatura capaces de crear escenarios y épocas para gente tan normal como quienes ávidos aguardan por párrafos intensos, uno tras otro. 
Capaces de hacerte sentir parte de la historia narrada, de hacer que sufras por un personaje que morirá, pero que aun no se percata de su crudo final, de hacernos sufrir en conjunto con aquellos que dramatizan aquel final, que talvez quisieran evitar. 
Que pueden revivir en ti experiencias personales como las de aquel moralista que se negó a darle el placer a sus carnes con el regocijo de dormir bajo la tersura y olores candidos de una virgen jovencita, pero que ya llegando a sus otoños finales busca recobrar aquellas horas que pudieron haber sido brillantes y sudorosas de uno o dos golpes, con la ayuda de aquella mujer, Rosa Comarcas, dueña de una casa clandestina, que siempre le esperó y dudó eternamente de todo ese puritanismo blandengue y tan fino y lúgubre como los tenues rayos prestados por una luna ladrona. 
Capaces de matar a alguien e inundar con sus olores putrefactos a todo un pueblo prejuiciado con las actitudes del occiso, un doctor que no atendió a 12 hombres heridos en una guerra civil. Un pueblo al que le dieron por llamar Macondo como es conocido en todo el mundo, recibió las luces en el siglo pasado, específicamente en 1955 con la obra La Hojarasca, compañía bananera situada en Macondo y por la cual el capitalismo y el proletariado se enfrascaron en lucha franca con una  huelga de los bananeros que culmina con la intromisión del E.N. y el asesinato de algunos trabajadores. 
Uno más de los  influenciados soy con las historias de los Buendía y pasaré no necesariamente cien años de soledad intentando entender este trabajo del 67, obra maestra de la literatura hispanoamericana y universal, la segunda más importante de la lengua castellana detrás de Don Quijote de la Mancha, o por qué el asesinado Prudencio Aguilar le traicionaba la conciencia a José Arcadio Buendía, o tratando de entender los conservadurismos de muchos de los protagonistas de sus obras, por qué una familia fue condenada a tantos años de soledad. 
Talvez tendré lugar dentro de mis amnésicos espacios para comprender su trascendencia universal, por aquello de la Escuela Macondiana y los intereses de Salman Rushdie e Isabel Allende o las canciones de Radiohead, Seven Mary Three u Owen, sus premios Rómulo Gallegos de 1972 o el Nobel de Literatura 10 años después. 
Voy aun más lejos tras los objetivos de entender, si me da por hacerme participe de los funerales de María del Rosario Castañeda y Montero y base de severas sacudidas por su historia de 92 años en Macondo habré de discernir de la búsqueda de sinapismos de la Mamá Grande que bien pudieron servirle a su conciencia y no a sus cueros, de la serenidad extenuante con la que mantenía a las mujeres libidinosas y a un pueblo somnoliento y atiborrado de prostitutas silenciosas. 
Mi interés literario radica pues, en obras que puedan hacer caminar a uno en ellas sin la necesidad de usar los pies, en las que usen a una matriarca inmortal para muchos, virgen, sin hijos y que ni los baños de óleo detuvo en sus decisiones últimas de mujer escrupulosa, de  grandeza y autoridad, en lo que fueron tierras ociosas, ilimitadas y de 352 familias que debían pagar diezmos y primicias, de gobiernos conducidos y de prebendas, de una hembra monopolista regidora de hordas anquilosadas en lugar de bastardías, donde pocos comulgaban por temor a ser lacrados. Que presente a una ciudad consternada, y que pueda o podamos contraponer criterios y que con la ficción rocemos la realidad, que su lenguaje 20 ó 30 años después sea actual y un ejemplo es el siguiente pronunciamiento en la obra “Los funerales de la Mamá Grande”: “en su imperio Mamá Grande garantizó la paz social y el acuerdo político”.
Que me permita entender y asimilar a la sociedad actual, manejando términos tales como: la prensa libre, pero responsable, opinión pública, cadáveres ilustres, concordia, o sorprenderme con la historia de los tres baúles de cédulas electorales para fraudes eleccionarios que posteriormente hicieron merecer a la Mamá Grande los más altos honores en nueve días de honras fúnebres y catorce días de luto, o con ese personaje de voluntad hegemónica que ni en las postrimerías cedió su poder y que todavía ahí provocaba incertidumbre presidencial, en unos últimos nueve días de duelo nacional y honores póstumos a una heroína de la patria que provocó tantos brutales silencios y consternación, do minando la  iglesia y el campo político, que separada ya de la realidad donde controlaba hasta el amor y donde nacían nuevas épocas y el Sumo Pontífice podría regirse y el presidente gobernar según su buen criterio, la fría tapa de su sepulcro no la apartaba de las decisiones en Macondo.
El gran maestro es el responsable con uno de sus diarios de convertirme en hombre obsceno y de deleitarme en tiempos implacables doce o tres años después de encontrarle en otros ámbitos ingratos y ardientes, donde tengo nada que legar a la posteridad, donde aunque pueda disfrutar de las bondades y favores de cinco centenas o más de hembras habrá un momento en el que las olvidaré. Me enseñó que mis actos no quedarán impunes pues la muerte los cobrará en camposanto, en contubernio con Dios, de mis carnes corrompidas, a no necesitar de exordios para manifestarme o criticar benévolo los cueros de hembra alguna o sobre la mediocridad periodística, a esperar de la vida y si debo desistir, adelante, a no ser y ser burdel, a visitar las mancebías porque en algún momento será necesario, sobre el trabajo que pueden hacer los años, sus labores amargas y apaciguadoras, además de las quejumbres sólitas que pueda provocar.
A querer conseguir escrúpulos finales, cosa punible a un ser lánguido y poco solemne, podría repetir que macilento. A descubrir a aquellos que intentan cubrir sus malos actos sin resultado positivo y que nos dan algo nuevo, pero tan viejo e ineluctable, los privilegios sacros en aquellas y estas tierras.
Con historias de hombres impredecibles y hembras con veintidós años de hastío y aumento de sus oprobios guturales y fríos, de hombres de páramos y llenos de inútiles sacrilegios donde el poder es arbitrario y los argumentos discrepan, que cuando la pulcritud desaparece y aflora la presbicia los límpidos calofríos desgarran por la concupiscencia humana. Como él, van otros buenos escritores por ahí redactando con alta clase sobre vidas ficticias o existencias reales, en acechanza de la musa y que luego sean divulgadas calle afuera.
Julio Cortázar bien puede ser el siguiente protagonista de estas reflexiones imberbes y tan nuevas como los primeros rayos solares de alguna mañana.
Hay quienes han escrito su obra centrados en el martirio de sus pueblos como lo hicieron Joseph Agnon y Nelly Sachs, ambos Premio Nobel de Literatura en 1966, elementos que me hacen especular sobre otras historias y aglutinar las ideas albas que me hagan salir del Campo de Agramonte en el que vivo lleno de aguachas.
Sigo elevando a Julio Cortázar con su Diario de Andrés Fava de 1995 en donde un opaco Andrés lleno de sus angustias puede encontrar belleza en algunos segundos cuando percibe ángeles antes de confrontar a la vida, que aún repleto de gritos ha de halla paz y las armonías necesarias para enaltecer al espíritu  con las rumias satisfechas.
El maestro Cortázar muestra que los intelectuales pueden ser desconocedores y padecer secuelas de guerras internas con el espíritu y alcanzar locuras coherentes, y puede describir las inmundicias humanas, las realidades verdaderas y no manchadas por mentirosos irrealismos. A Andrés que en un campo verde, fragante y vasto pudo deslumbrarse ante lo absoluto de la noche y algunos de sus silencios, aún con sus gestos desesperanzados y eternos, de cosas en otras cosas y que la unilateralidad no existe, que lo sucedáneo es paulatino y que nadie lleno de hechos o cosas por hacer existe a ventanas abiertas, que la única salida de la misantropía  da a un invierno frío y a una casa que no es calida sino un espacio de tormentos y desagravios.
Estos maestros, cuando revuelto entre palabras hechas conceptos me encontraba, me hicieron buscar el agua, una canción y verdes y extensa praderas para huir del fango y de los que se creen propietarios de nimbos y que han pretendido extirparme aquellas noches de izquierdismo, mis días de furia, que corroboran mis precariedades existenciales, que me alejan de todo, hasta de regocijarme al conocer a Hermann Hesse, bien ha sido dicho que una cosa constante atrofia. Como pudieron estos maestros definir con una irrupción pasmosa la soberbia humana y mostrarla postrada y lacerada, luego rumbo a necrópolis; las formas en las que llueve, solea, anochece y llegan las mañanas claras y húmedas en algún pueblo olvidado. Como arropados de la más delgada retórica, tocan funerales y jolgorios y los disfrutamos igual y aunque la historia valga menos de medio dólar, en sus manos creativas cu esta una vida; porque conociéndoles, conoces aunque de forma extemporánea a otros autores brillantes, un caso digno de hacer huir a paraíso al descanso del alma que se cansó de serlo, es el de Gram. Green es de Ministry of Fear, dramaturgo inglés, fallecido en 1991, de torturadas obras que muestran gran compasión por las miserias humanas, que se puede ver en: El Poder y la gloria, Los comediantes y El revés de la trama.
Aunque esto no se trata de canciones “Somebody loves me” de Dinah Shore, puede calmarnos, ya que Cortazar así lo quiso mostrándonos el alcance de su conocimiento, cuando se refiere a Sartre, Marx, Bacon u Oscar Wilde. Sabemos que existe mucha claridad dialéctica, la suficiente como para que entendamos porque las etnias ahora pueden jugar o por qué los presidentes se ríen de sus promesas hechas a un pueblo descalzo de sus cabezas pueriles, por qué su obra nos implica y luego nos explica por qué lo ha hecho.
Por qué nos toma el raciocinio y podemos luego entender la relación entre lo dicho, lo hecho y su gran brecha. Como lo hace en “Todos los fuegos el fuego” de 1996, obra de ocho cuentos donde por supuesto cada uno lleva su mensaje intrínseco; Instrucciones para John Howell, es uno de los más interesantes. En un Londres en otoño con una obra de teatro y a Eva, a Michael y a Howell, interpretado por el Sr. Rice, enseña a que la vida es una obra en este mundo que es el teatro y que somos elegidos al azar cuando hace falta un actor. Que somos diques momentáneos que aguantan al espíritu por ratos y no por el tiempo necesario, repletos de culpas de principio el ocaso, que la tierra es de nadie y de todos.
En el cuento número dos: “La salud de los enfermos” explica que casi siempre una mentira es difícil de mantener, pero que muchas otras veces es vital para mantener vivos a algunos.
Es por ello que culpo ahora, no solo al Maestro Gabriel García Márquez, dueño de Macondo, sino a Julio Cortázar, oscuro y lúgubre, pero igual de brillante, por mi gusto por la literatura y por mis indagaciones todas sobre el movimiento que ya ha echado todas sus raíces.    

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